|
HISTORIA
DE
LA
PONTIFICIA
Y
REAL ARCHICOFRADÍA
DEL
DULCÍSIMO
NOMBRE DE
JESÚS Y
NUESTRA SEÑORA DE LA
PAZ,
ANTEQUERA.
Por Juan Félix Luque Gálvez.
I.-
LOS ORÍGENES.
No obstante, por los escasos datos que de esta época han llegado hasta nosotros, sí se puede aventurar que su nacimiento debió tener lugar en los albores del siglo XVI como congregación devota formada en torno a una imagen de Jesús Nazareno que se veneraba en un beaterio situado en la calle Palomos. A la muerte de las propietarias de la talla y poco después de la fundación por parte de los Franciscanos Terceros del Colegio de Sta. María de Jesús -1527-, ésta quedó en poder de de dichos religiosos. Por su parte, la congregación, constituida ya en hermandad, regentaba en esta época un hospital para vagabundos en el Portichuelo, donde tenía su sede; en esta función asistencial tuvo destacada intervención un hermano, Juan de Barnuevo, quién dotó de censos para su sostenimiento a hospital y cofradía, e instituyó una memoria a su titular. Ya para entonces se realizaba, desde la madrugada a la tarde del Viernes Santo, estación de penitencia hasta la Colegiata y el cerro de la Cruz -natural calvario de la ciudad donde culminaba el vía crucis de las hermandades de pasión-, con la primitiva imagen del Nazareno, acompañada de penitentes y disciplinantes que, como relatan viejas crónicas, “vestían humildes túnicas moradas, y ceñidos de una basta soga que pendía del cuello, macerándose las carnes con ásperas penitencias”.
Tras el Concilio de Trento, que tan crucial revulsivo supuso para el ámbito de las cofradías, comienza un período de renovación, que en nuestro caso se habría de materializar en el incremento tanto de su ascendencia entre los antequeranos, como en el de sus bienes y propiedades. Así se evidencia de la adquisición de imagen y capilla propias, pues en el mismo año -1581- se encarga al imaginero Diego de Vega la actual imagen de Jesús Nazareno y se adquiere de los terceros una capilla en el templo que por entonces edificaban. Ello debe interpretarse en parte como consecuencia de las nuevas normas tridentinas y sinodales que constriñeron las cofradías a residir en recintos sagrados, así como de la amenaza de perder rentas y sede que se vislumbraba tras las primeras tentativas por parte de la Corona para unificar todos los hospitales de la ciudad; pero dicha renovación sin duda ha de entenderse también como corolario del creciente fervor popular que la cofradía había despertado en Antequera, que indirectamente habría de posibilitar los medios económicos para ello. A la par, su resuelto progreso debió inducir el inicio de los trámites para erigirse como cofradía del Dulce Nombre de Jesús, confraternidad que experimentaba una gran difusión desde mediados del siglo en atención a los abundantes privilegios que le fueron concedidos por la Santa Sede. Pero precisamente su institución como tal en enero de 1586 hubo de dar lugar un conflicto que marcaría la vida de la ciudad durante largo tiempo.
II.-
EL PLEITO DE LOS TREINTA AÑOS. En efecto, poco después, en junio de 1586, las cosas se complicaron extraordinariamente: los dominicos, encabezados por el Provincial de Andalucía Fr. Gerónimo Mendoza, previa licencia del Obispo de Málaga para instalarse en Antequera, se establecieron en el "hospital" de la Concepción(1). Dicho inmueble se alzaba desde comienzos del s. XVI, una vez que la reconquista de Granada hizo posible la expansión extramuros de la antigua Medina, en lo que hoy es la Plazuela de Santo Domingo, y había sido edificado para hospicio por la Cofradía de Niños Expósitos de Ntra. Sra. de la Concepción, siendo erigida en 1546 junto al mismo una iglesia dedicada a la Limpia Concepción de Nuestra Señora. Una vez instalados los dominicos, y tras las iniciales y comprensibles reticencias de la cofradía de la Concepción, pronto suscriben con ésta convenio para fundar convento, bajo la condición de que la iglesia conservaría su título concepcionista, de tan poca veneración, por otra parte, en la orden dominicana -quizá por ello el cenobio enseguida fue popularmente conocido como de Santo Domingo-. Poco tardaron los frailes en conseguir los medios económicos necesarios para adquirir las casas y solares adyacentes al antiguo hospicio -que se trasladó a la acera de enfrente-, iniciando las obras de lo que años más tarde se convertiría en sus dependencias conventuales definitivas(2). Pero en lo estrictamente atinente al referenciado conflicto, que es lo que aquí más nos interesa, y regresando al año 1586, fue también entonces cuando la nueva comunidad exigió el cumplimiento de una antigua bula papal que declaraba exclusiva de la Orden de Predicadores toda aquella hermandad fundada bajo la advocación del Santísimo Nombre de Jesús. De hecho, la adopción de tal título se había materializado, al no haber fundado aún dicha regla en Antequera, bajo asistencia del dominico sienés Alexandro Rossi, y en virtud de decreto del Vicario General de la Orden de Predicadores fechado en Roma el 20 de enero de 1586. En esas condiciones, la disputa con los franciscanos terceros por la ubicación de la cofradía recién establecida en el Colegio de Jesús era inevitable. Como cabía esperar, tanto franciscanos como cofrades se negaron radicalmente al traslado, por lo que los dominicos acudieron en 1592 a la vía judicial, en un largo pleito prolongado hasta 1617 por los sucesivos recursos(3). Pero a poco de establecerse, en 1590, ínterin se producía la traslación de la del “Santísimo Nombre de Jesús Nazareno”, la nueva comunidad promueve otra cofradía bajo el título de “Dulce Nombre de Dios y Jesús contra los Juramentos”, creada al amparo de una imagen del Niño Jesús pronto conocida bajo la advocación de "Niño Perdido"(4).
Finalmente la Rota de Roma despachó ejecutoria ordenando la mudanza a Sto. Domingo de la
primitiva cofradía con todos sus bienes y derechos, al dictaminar que tal tipo
de institución era privativo de la Orden de Predicadores allá donde éstos
tuvieran casa, por lo que a su convento debía trasladarse y reducirse con la
que en el mismo habían fundado éstos entretanto -la del Niño Perdido-,
al
tratarse en realidad de una única entidad. Dicha unificación resultó efectiva
el
día
primero de enero de 1619; así lo refleja un acta del momento: “...la
cofradia del nombre de Jesus naçareno questa junta y congregada al conbento
del señor Santo domingo con la
cofradia que estava y que ambas virtud de la
executoria se juntan una y se intitulan ambas
juntas una
cofradia del nombre de
Jesus naçareno”.
Durante la tramitación del reiterado pleito, a la imagen de Jesús
Nazareno se le unía en su desfile procesional la de la Virgen del Socorro, que
salía del Colegio de Sta. María de Jesús pues, aunque había sido costeada
por la cofradía, se entregó a los franciscanos en prevención de las
consecuencias del pleito; sin embargo, el Nazareno habría de salir,
pese a la prohibición de hacerlo, primero de
la iglesia de San Salvador
-a
donde fue conducido en caución judicial-
y posteriormente de la de San Juan
-a donde fue trasladado dada lo despoblado de la anterior parroquia-; en
verdad, escaso tiempo residió la entidad en
Jesús, pues si se asentó allá poco después de 1581, ya en 1598 se encontraba
consignada en S. Juan.
En
tanto la hermandad se alojó en la parroquia de S. Salvador ostentó la calidad
de sacramental, condición que se alegaría sin
demasiada
fortuna ante los tribunales para
evadir las disposiciones sobre cofradías de Jesús Nazareno; no obstante, los
privilegios correspondientes se revalidaron ya avanzado el siglo mediante la
firma de convenios de agregación con las sacramentales de San Sebastián
-1624-, la Colegial de Sta. María -1648-, y anteriormente -1618- con la nueva
sacramental de San Salvador que vino a sustituirla.
En
realidad esta última hermandad sacramental la había erigido el Obispo de Málaga,
D. Luis Fernández de Córdoba,
mediante
un decreto de
fecha
28 de Febrero de 1617, con la
patente finalidad de desligar a la corporación de la parroquia tras su
adscripción definitiva a la comunidad dominica, como lo evidencia un
mandamiento del propio Obispo
datado
el día siguiente, primero de Marzo de
1617, que literalmente dispone: “... Por
quanto, a la cofradia de Jesus nazareno sita en la iglesia parrochial de S Ju(an)
de esta çiudad de antequera, le aviamos dado licençia para que pidiesse
limosna para la cera del s Sacramento, por que tenian obligación de
acompaniarle quando salia de la iglesia parrochial de s Salvador de la d(i)cha
ciudad en la cual no avia
cofradia del s Sacramento que pudiesse acompañar le,
y por que avemos tratado de instituirla como sea instituido en la d(i)cha
iglesia de san salvador la d(i)cha
cofradia a la cual avemos dado licencia para
que pida... Por la presente mandamos a los alcaldes mayordomos y cofrades de
Jesus nazareno que de aquí
adelante no pidan limosna para el santísimo
Sacramento...”. Aún así, no fue ello suficiente para que el
prelado lograra la desvinculación de San Salvador pues, como ya hemos dicho, a los
pocos meses se suscribe un convenio de agregación con la nueva sacramental.
Pero finalmente la voluntad del
Obispo se habría de imponer, pues en el año
1620 dispuso la adhesión de la hermandad sacramental a una incipiente corporación
erigida al amparo de los franciscanos.
Efectvamente,
tanto los Terceros como
algunos de los hermanos no se habían resignado a la traslación y
resolvieron crear una nueva hermandad en Sta. María de Jesús bajo la advocación
de la Santa Cruz en Jerusalén; la misma se fundó al amparo de la imagen de la
Virgen del Socorro y de otra de “Nuestro Padre Jesús con la Cruz a
Cuestas”. Pronto ambas cofradías fueron conocidas como “la de Arriba” y
“la de Abajo”, en alusión a su lugar de residencia
en el antiguo casco de la ciudad, sobrenombre con el que ya habían sido igualmente
designadas las dos cofradías del Nombre de Jesús antes de su unificación. La fundación fue alentada por la familia Narváez -condes de
Bobadilla-, sin duda espoleada por la ancestral rivalidad que los enfrentaba
desde tiempos de la
reconquista a Rojas
-marqueses
de
la
Peña-
y Chacones -condes de Mollina-, estas dos
últimas familias protectoras de los Dominicos. Así nos describen aquellos
tiempos heroicos los anales de la cofradía en un relato decimonónico:
“La
emulación que produjeron las proezas que en el cerco de Antequera hicieron los
capitanes Rodrigo de Narváez y Hernán Chacón cuando la poseían los árabes y
por las que en el mes de Octubre de 1410 el Infante D. Fernando antes de
retirarse con su ejército los premió, dejando al primero por Alcayde de la
Villa y Fortaleza y al segundo por Alguacil y Alférez mayor de ella, fue causa
de cierta rivalidad que tuvo influjo en todos los negocios de esta Ciudad,
transmitiéndose a sus descendientes y a aquella clase de personas que tenían más
o menos relaciones con los de la una o la otra familia”. El
antagonismo entre ambas instituciones habría de durar siglos, afianzado por
otro tipo de rivalidades religiosas -entre Dominicos y Franciscanos, entre
partidarios del patronazgo de la Virgen de los Remedios o de la del Rosario, por
ejemplo- o políticas -patentizadas en banderías del Concejo Municipal, como en
el nombramiento de las casas de Narváez o Aguilar para el cargo de Alcaide-. La
porfía resultaba inevitable y pronto se puso de manifiesto en asuntos como la
denominación con el título de “Jesús Nazareno” –reconocido como
exclusivo de los de Abajo-; el uso de túnicas moradas –finalmente
conciliado-; la utilización de la insignia de la Cruz de Jerusalén
–privativo de los de Arriba-; o la precedencia en los desfiles –ganada por
los de Abajo en atención a su mayor antigüedad, pues si los unos pretendieron
se les reconociera la de la Congregación de la Sta. Cruz de Roma a la que se
encontraban agregados, los otros no le anduvieron a la zaga alegando la de la
Congregación del Nombre de Jesús cuya historia se remontaba a 1274-. III.- LA CONSOLIDACIÓN. La
vinculación de la Virgen de la Paz a la cofradía principia ya avanzado el
siglo XVII. Con anterioridad la corporación creada en torno al Niño Perdido
había dispuesto de otra insignia mariana, una imagen de gloria titulada de la
Salud que aún se conserva; por su parte, entre los bienes del patrimonio de la
cofradía
de
Jesús Nazareno entregados a los dominicos se encontraba una antigua
dolorosa, quizá la primera venerada en Antequera. Esta talla, que se recoge en
los inventarios bajo la advocación de la Piedad y en la actualidad se custodia
en la iglesia de Santiago con el título de Virgen de los Trabajos, tan sólo
procesionaría hasta el año 1634, no debiendo de ser muy del agrado de los
cofrades(5),
pues en el referido año aparece un nuevo
trasunto de la Virgen María bajo el más dominico título de "Madre de
Dios de la Paz". Inmediatamente la nueva insignia fue objeto de una gran devoción, pues se constituyen en torno a ella varios “números de cera”, como se denominaban en la época, y que eran unas agrupaciones dedicadas a proveerse de cera, en este caso amarilla, con que acompañar a una determinada imagen en su salida procesional, entre ellos destaca desde 1643 el número llamado de los “setentidós discípulos de Cristo”. Poco después, en 1645 se crea la Hermandad de Ntra. Sra. de la Paz, fundada como filial de la de Jesús Nazareno por los caleros, canteros y albañiles de la ciudad. Ya para entonces consta que era procesionada bajo palio negro bordado en oro al que soportaban ocho varas y con manto de terciopelo de igual color que hacia 1661 se remataba con puntas de encaje repujadas en plata, material del que asimismo eran las novecientas estrellas que lo tachonaban y la corona que portaba la Virgen.
Una vez trasladada, la imagen de Jesús Nazareno se ubicó en un lateral de la capilla del Dulce Nombre de Jesús contra los Juramentos. Esta capilla, que es la que se conserva actualmente conforme se entra a la iglesia la primera en el lado del Evangelio, en un principio no consistía más que en un altar adosado a la pared en el que se alojaba el Niño Perdido, siendo propiedad de la cofradía el perímetro comprendido entre ese testero, la columna que sostiene la pila del agua bendita y la puerta de la calle. Poco después se labró una capilla igual a las del resto de la nave, ampliada entre 1645 y 1687 para hacer altar propio al Dulce Nombre de Jesús Nazareno, obras que se repetirían en 1720 originando una profunda remodelación de todo el conjunto. Posteriormente, tras cegar la puerta de la capilla que daba directamente a la calle, a mediados del s. XVIII, se le labra un retablo propio a la Virgen de la Paz, del que hoy no quedan más que restos. En éste reducido espacio habría de tener lugar el grueso de la vida de la cofradía hasta mediados del siglo XIX, en que las sucesivas vicisitudes políticas de España acabaron de determinar el acceso de la Archicofradía a la propiedad del templo.
IV.- EL SIGLO XIX. Ciertamente la centuria decimonónica constituyó un período especialmente convulso para la historia de España y, por ende, para la de las cofradías; mas hubo de ser concretamente el proceso desamortizador el que más profundas consecuencias marcara en las mismas. Aún así, no resulta éste un aspecto lo suficientemente tratado por la historiografía cofradiera, pues en sus estudios siempre han primado otros períodos de mayor actividad religiosa y artística. No obstante lo anterior, si para otras hermandades la desamortización supuso de hecho su ocaso, en el caso de la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús implicó, a la postre y tras la crisis de los primeros años, una consolidación y aumento de patrimonio que, en gran medida, ha podido llegar a nuestros días. El
siglo había dado comienzo con la invasión napoleónica que tanta merma supuso
para el patrimonio artístico español, pero que no consiguió suspender la vida
de la Cofradía. Sabemos que siguió procesionando el Viernes Santo, entre otras
cosas porque en 1829 don Fernando Reinoso, Corregidor de Antequera, prohibió, a
causa de los desordenes que provocaban, la salida en el mismo año de las Cofradías
de "Arriba" y "Abajo", disponiendo, en el caso de no
respetarse la prohibición, fuertes multas para quienes participaran. Pero
esta continuidad se vería pronto truncada pues, tras la temporal prohibición
de procesionar imágenes, levantada en 1833, siguió el proceso desamortizador,
que causaría la exclaustración de los dominicos de Antequera en 1835 y
culminaría diez años más tarde con el Decreto de supresión de las Cofradías,
al que pocas hermandades antequeranas sobrevivieron.
No en balde, si en 1835 resultaron confiscados los bienes de los
dominicos, en 1841 lo fueron los de las cofradías radicadas en Santo Domingo,
con lo que el convento de predicadores, la iglesia y sus pertenencias, incluidas
las de sus cofradías, pasaban a poder del Estado. En el caso que tratamos, el
curso de la desamortización puede seguirse, bien que con algunas carencias, por
la documentación que conserva la hermandad. Para esta época, del convento se
había enajenado ya en subasta pública la parte correspondiente al claustro
bajo, colindante con la calle Nueva; sin embargo el templo y resto de
dependencias conventuales estaban, dado el abandono que sufrían desde la
francesada, en avanzada ruina, por lo que no fueron objeto de subasta o
adjudicación a otros usos.
No obstante, a partir de 1848, un giro en la política religiosa de los gobiernos de Isabel II permitió un periodo de recuperación que se vería confirmado en 1851 con la firma de un Concordato con la Santa Sede. La cofradía de "Abajo" consiguió reorganizarse y tomar nuevos bríos bajo la protección de D. Francisco de Paula Pareja-Obregón y Rojas Narváez, conde de la Camorra y de D. Diego Vicente Casasola y Stoppani, marqués de Fuente de Piedra. Por mediación del primero, figura muy destacada en la vida de la ciudad de aquellos años, gentilhombre de Cámara de Isabel II, y, entre otros cargos, alcalde de Antequera y, posteriormente, de Málaga, se obtuvo en enero de 1855 el Real Patronato y el título de Real para la Archicofradía, de forma que la soberana fue nombrada Hermana Mayor efectiva, actuando el conde de la Camorra como Teniente de Hermano Mayor en su nombre y representación. En este punto las influencias del Teniente de Hermano Mayor, y de otros destacados cofrades, como el ministro Romero Robledo, obtienen de la Reina la cesión del templo(6). Pero la labor de tan insignes cofrades no se habría de agotar aquí, pues igualmente logran la consagración del antiguo templo de la Concepción como Iglesia del Dulcísimo Nombre de Jesús y María Santísima de la Paz. La ceremonia, por enfermedad del Obispo de Málaga, fue llevada a cabo el 19 de enero de 1868, festividad del Dulce Nombre de Jesús, por Fr. Pablo Benigno de Carrión, Obispo de Puerto Rico(7).
Otros destacados privilegios le fueron otorgados por la Santa Sede a cofradía y templo, entre ellos la elevación de éste último al rango de Basílica, labor a la que no serían ajenos otros ilustres antequeranos, Monseñor Benavides Checa en Roma y el Obispo Muñoz Herrera en la sede malacitana. Desde entonces, las tres imágenes a que está dedicado -Dulce Nombre de Jesús, en su doble iconografía de Niño Perdido y Jesús Nazareno, y Virgen de la Paz- se han alternado en el altar mayor, prevaleciendo últimamente en su camarín la efigie de la Virgen.
Más
difíciles se tornaron los primeros años
del presente siglo, en que las salidas fueron esporádicas, si bien, a partir de
1914 cuando la Junta Permanente de Festejos se hizo cargo de la organización de
los desfiles, éstos se hicieron más frecuentes, turnándose la Cofradía con
la del Socorro y la de los Dolores, procesionando unos años los Jueves y otros
los Viernes Santos.
Tras
el paréntesis que supuso la II República (únicamente se salió en 1935)
volvieron a organizarse desfiles durante la Guerra Civil, aunque sólo
procesionara la Virgen de la Paz: en 1938 como Soledad en el Santo Entierro, y
en 1939 el Domingo de Resurrección por haber llovido el Viernes Santo. Una vez
acabada la contienda, en 1947 se constituyó la Agrupación de Cofradías, que
trataría de distribuir los desfiles en el mayor número de días posibles,
correspondiendo a la de "Abajo" desfilar el Jueves Santo, aunque los años
43 y 44 se hizo el Viernes a causa de la lluvia. El año 1955 iba a ser muy
importante para la Cofradía: por un lado, la aparición de nuevas hermandades
con que completar otros días de la semana, hizo posible la vuelta a su día
tradicional, el Viernes Santo, que ya no se volvería a abandonar. Por otra
parte, se estrenó el actual paso del Dulce Nombre de Jesús Nazareno, incorporándose,
aunque por poco tiempo, la imagen de Ntro. Padre Jesús de la Humildad, que ya
había participado en el s. XVII en los desfiles de la cofradía del Niño
Perdido; también en dicha fecha se abandonaron los tradicionales trajes de
armadilla (o de capuz) en penitentes y tarjeteros,
sustituidos por modelos sevillanos con
antifaz, capirote y capa. El siguiente año se amplió el paso de la Virgen de la Paz, prolongándose en un metro. Desde esta fecha, y durante una década, se desfilaría en años alternos, compartiendo la salida del Viernes Santo con la Cofradía de «Arriba» y en el decenio de los sesentas, al no salir ésta, con la de los Dolores. En 1971 se incorpora, sustituyendo al Niño Perdido, el nuevo paso del Cristo de la Buena Muerte y de la Paz, que se encontraba anteriormente sin culto en la iglesia de San Agustín, y que en tiempos tuvo cofradía propia. A partir de entonces se realiza ininterrumpidamente la salida procesional el Viernes Santo, salvo suspensiones por lluvia y algún año por obras en su sede. Como no podía ser menos, dada la tradicional vinculación con la Casa Real, también S.M. el Rey D. Juan Carlos I aceptó el 15 de Marzo de 1976 el cargo de Hermano Mayor Honorario.
Ciertamente en el escueto relato que antecede ha resultado imposible precisar individualmente la contribución de los muchos cofrades que lo han sido de esta Archicofradía, pero la crónica de su prolongada existencia sí puede ser indicativa del denuedo y devoción con que generaciones de antequeranos han hecho posible que, superando periodos críticos de nuestra historia, se halle próxima a alcanzar vigorosamente el medio milenio de vida.
|
|
NOTAS 1.- En aquel tiempo el sitio se conocía como la placeta de las Escobas, y surgía de la confluencia de la calle del Viento con la entonces llamada de los Mesones, hoy cuestas de Caldereros, Viento y Ntra. Sra. de la Paz; en realidad el lugar no es otro que la actual plazuela de Sto. Domingo. Es pues errónea la reiterada especie de que los religiosos se asentaran en ese recinto al trasladarse de otra sede anterior, pues éste fue su primer y definitivo asiento en Antequera; tampoco es cierto, como hemos visto, que los primigenios fundadores del templo fueran los frailes de Sto. Domingo; probablemente el equívoco proviene de confundir el casi desconocido Hospital de la Concepción con el vecino Hospital de la Caridad. 2.- Así fue en efecto, ampliándose la iglesia a partir de 1590 y hasta 1660, año en que se concluye la fachada y se coloca la puerta de clavazón que hoy permanece, para proseguir posteriormente las obras en otras dependencias conventuales y el nunca concluso claustro alto. 3- Cabe mencionar el paralelismo e interconexión del proceso con análogo conflicto suscitado en Sevilla, entre las cofradías de Jesús Nazareno -"El Silencio"-, del Dulce Nombre de Jesús y de los Niños Perdidos por una parte, ubicadas todas ellas en el Hospital de la Santa Cruz en Jerusalén, y, de otra, el convento dominico de San Pablo, aunque, en aras de la necesaria brevedad de estas líneas, se deja tan sólo apuntado el tema, difiriendo un estudio más profundo para mejor ocasión. 4.- El apelativo se debe a representar la imagen el quinto misterio gozoso del Rosario: “El Niño Perdido y hallado en el Templo”, basado en el pasaje del Evangelio de San Lucas, en que el Niño Jesús se pierde en Jerusalén a la edad de doce años, apareciendo posteriormente entre los doctores del Templo; a dicho momento atribuye la tradición cristiana la premonición de Jesús sobre su pasión y muerte, así como la advertencia a los sacerdotes sobre su naturaleza mesiánica y su misión redentora. De ahí deriva precisamente la iconografía del Niño Jesús pasionista, tan en boga durante todo el Barroco. 5.- Ya a finales del S. XVI la cofradía de Jesús Nazareno había encargado la imagen de otra dolorosa que finalmente, ante la situación litigiosa, terminaría en poder de los terceros: la Virgen del Socorro. 6.- En 1856 comienzan las gestiones para obtener la cesión del ruinoso templo, extremo que se conseguiría del Comisionado Principal de Ventas de Bienes Nacionales, en concepto de uso sobre el inmueble, en el año 1861; acometiéndose por la cofradía las obras de reconstrucción a que se había condicionado tal cesión. Pero el objetivo perseguido era la propiedad, por lo que el Conde de la Camorra instó nuevo expediente al respecto, que concluiría en marzo de 1866 con resolución de la Administración Principal de Propiedades y Derechos del Estado en la que se ratifica la cesión de la totalidad del templo, sus dependencias y enseres; no obstante lo cual la transmisión se vio dificultada por el artículo 6º del Convenio Adicional del Concordato de 1851 que, si bien consideraba exentos de “permutación” (es decir de adjudicación al erario) los templos devueltos al culto como era el caso, en principio no se preveía el reconocimiento del dominio a favor de las hermandades. Al cabo, previa licencia de las autoridades civiles y eclesiásticas, se adquiriría la titularidad del inmueble, cuyo reconocimiento se refleja en variada documentación conservada en el archivo de la cofradía como es el caso de las constituciones aprobadas en 1888 por el Prelado y Beato Marcelo Spínola. 7.- El prelado se encontraba a la sazón en Loja tratando de restaurar la Orden Capuchina en España y, ante la enfermedad del Obispo de Málaga, fue el encargado de oficiar la ceremonia; los contactos entablados con la Cofradía propiciarían finalmente que la restauración de la orden tuviera lugar en la propia Antequera.
|