|
IDEAL
NEOCLÁSICO
Y
EVOCACIÓN
BARROCA: EL
ESCULTOR
MIGUEL
MÁRQUEZ
GARCÍA Y
LA
VIRGEN
DE
LA
PAZ Por Juan Antonio Sánchez LópezUniversidad de Málaga
Los
siglos
XVI
y
XVIII
coinciden
con
sendas
etapas
de
singular
trascendencia
en
el
florecimiento
artístico
de
Antequera.
Las
grandes
empresas
de
promoción
acometidas
en
la
ciudad
durante
la
Edad
Moderna
prestaron
un
impulso
decisivo
a
la
producción
plástica
así
como
al
capítulo
arquitectónico.
Sin
dejar
de
mostrarse
receptiva
a
las
aportaciones
foráneas,
Antequera
mostraría,
ya
desde
el
Quinientos,
una
inequívoca
tendencia
a
satisfacer
y
cubrir
la
ingente
demanda
de
Ordenes
Religiosas,
Hermandades,
clero
secular,
instituciones
civiles
y
particulares
por
la
vía
de
la
autarquía
y
la
producción
autóctona,
lo
cual
explica
el
temprano
desarrollo
de
los
talleres
locales.
Con
el
discurrir
del
tiempo
ello
derivaría
en
la
gestación
de
un
círculo
artístico
propio,
con
unos
rasgos
definidores
más
o
menos
acentuados.
Aunque,
eso
sí,
con
manifiesta
vocación
vernácula
en
cuanto
a
sintonía
con
los
gustos
y
preferencias
de
la
comitencia
antequerana
y
su
entorno.
El
proceso
reviste
especial
interés
en
lo
tocante
al
panorama
escultórico.
Si
durante
el
último
cuarto
del
XVI,
la
documentación
permite
contrastar
la
existencia
de
un
grupo
de
escultores
consolidado
en
tomo
a
los
obradores
de
imaginería
de
Juan
Vázquez
de
Vega,
Andrés
Iriarte,
Juan
de
Montes,
Baltasar
López,
Luis
de
Haya,
José
Hernández,
Antonio
de
Osuna
y,
singularmente
Diego
de
Vega,
el
XVII
arrojaría
las
interesantes
figuras
de
Juan
Bautista
y
Antonio
del
Castillo1.
Aunque
el
perfil
biográfico
de
estos
escultores
todavía
arroja
numerosas
incógnitas
es
de
suponer
que
la
formación
artística
(y
quizás
incluso
parte
de
la
trayectoria
profesional)
debió
discurrir
en
su
mayor
parte,
alrededor
de
los
talleres
sevillanos,
granadinos
o
malagueños
coetáneos.
Allí
asimilarían
una
serie
de
convenciones
formales
y
rasgos
estilísticos,
posteriormente
incorporados
a
su
producción
antequerana
junto
a
ciertos
elementos
individuales
debidos,
por
supuesto,
a
la
personalidad
del
artista,
al
uso
de
diversas
fuentes
visuales,
el
influjo
de
obras
anteriores
y
contemporáneas
y
al
manejo
de
dibujos
y
grabados,
tan
frecuente
dentro
de
los
procedimientos
de
trabajo
de
la
época.
Con
todo,
el
florecimiento
artístico
de
la
escultura
antequerana
corresponde
a
las
últimas
décadas
del XVIII,
cuando
los
encargos
se
multiplican
y
aún
desbordan
el
marco
geográfico
inmediato
para
extenderse
a
las
poblaciones
de
las
provincias
limítrofes.
La
calidad
plástica
y
la
destreza
técnica
alcanzada
por
los
obradores
de
imaginería
explican
tan
prometedora
coyuntura,
personificada
en
dos
nombres
propios:
Andrés
de
Carvajal
y
Campos,
establecido
en
Antequera
desde
1740
hasta
su
muerte
en
1779
y
Diego
Márquez
y
Vega
(1724-1791).
Si
el
primero
de
ellos
representa
el
continuismo
del
barroquismo
conservador
y
castizo
imperante
en
el
estilo
de
seguidores
de
la
familia
granadina
de
los
Mora,
la
personalidad
estética
del
segundo
se
revela
más
interesante
por
cuanto
su
formación
y
contactos
le
permitieron
aproximarse
y
tentar
las
posibilidades
plásticas
que
le
brindaban
otras
corrientes
del
arte
de
la
época.
La
figura
del
escultor
José
de
Medina
y
Anaya
(1709-1783)
es
determinante
para
comprender
el
trasvase
de
influencias.
Aparte
del
papel
instructor
ejercido
sobre
artistas
de
la
capital
malagueña
como
Salvador
Gutiérrez
de
León
(1777-1838),
Mateo
Gutiérrez
y
Muñiz
(activo
entre
1719-1835)
y
Fernando
Ortiz
(1717-1771),
la
presencia
de
Medina
en
Antequera
hacia
1746-1748
resultará
igualmente
determinante
de
cara
a
la
evolución
estilística
de
la
personalidad
artística
de
Diego
Márquez
y
Vega.
Por
cuanto
el
magisterio
de
aquel
permitirá
a
este
último
consolidar
y
perfeccionar
los
conocimientos
adquiridos
en
los
obradores
antequeranos
y
desarrollar
unos
rasgos
personales
aquilatados
con
cierta
sugestión
de
la
referida
aportación
foránea2.
Culminado
el
proceso
de
asimilación
y
definición
estilística,
su
hijo
Miguel
Márquez
García
(1767-1826)
continuaría
la
estela
familiar
alternando
la
repetición
de
las
fórmulas
y
tipos
de
su
padre
con
ciertas
concesiones
a
un
neoclasicismo
incipiente
que
representa,
quizás,
su
aportación
más
significativas
aunque
puntual
a
un
discurso
escultórico,
ya
exhausto
como
consecuencia
de
la
monótona
reiteración
de
un
discurso
plástico
uniforme
y
anclado
en
la
tradición
barroca.
En
1815,
Miguel
Márquez
García
acomete
la
realización
de
una
nueva
imagen
de
la
Virgen
de
la
Paz,
advocación
mariana
que,
desde
el
Seiscientos,
aparece
vinculada
a
la
Archicofradía
del
Dulce
Nombre
de
Jesús,
establecida
en
el
Convento
do
Santo
Domingo3.
Es
posible
que
la
sustitución
de
la
primitiva
imagen
se
viera
mediatizada
por
el
deseo
de
los
comitentes
de
contar
con
una
escultura
que
aunara
la
calidad
artística
con
un
lenguaje
formal
"moderno”.
El
resultado
es
una
pieza
escultórica
que
suma
a
su
indudable
hermosura
una
interesante
relectura
formal
de
la
iconografía
de
la
Virgen
Dolorosa,
tan
prodigada
en
el
contexto
de
la
estatuaria
andaluza
desde
el
último
cuarto
del
XVI.
El
análisis
histórico-artístico
de
la
Virgen
de
la
Paz
desvela
la
capacidad
del
tema
para
generar,
incluso
en
el
XIX,
nuevas
variantes
en
las
que
continúa
brillando
la
inspiración
con
intensidad
y
fortuna
semejantes
a
los
modelos
de
siglos
anteriores. Estilísticamente,
los
rasgos
estéticos
de
la
Virgen
de
la
Paz
reflejan
la
contradicción,
la
especulación,
la
duda
y
la
síntesis
que
embargan
a
aquella
parte
de
la
producción
artística
más
aferrada
a
lo
vernáculo,
en
un
proceso
paralelo
a
la
evolución
que
informa
el
pensamiento
y
la
mentalidad
colectiva
en
el
marco
de
la
agitada
transición
entre
los
siglos
XVIII
y
XIX.
De
todas
formas
y
tratándose
de
una
pieza
de
imaginaría,
las
creaciones
del
Barroco
constituyen
el
referente
primero
y
más
firme
de
Miguel
Márquez.
Cuanto
más
en
un
ámbito
conservador
como
el
de
Antequera,
cuyo
patrimonio
histórico
había
proporcionado
secularmente
numerosos
modelos
que
mediatizaban
la
creatividad
del
artista
hacia
patrones
y
fórmulas
consagradas
por
declaración
de
principios,
por
la
aceptación
y
deseos
de
la
clientela
y
el
respaldo
incondicional
del
público.
En
consecuencia,
estos
modelos
aparecían
como
un
repertorio
iconográfico
de
primera
mano,
susceptible
de
interpretarse
desde
la
simple
copia
o
imitación
serviles,
a
la
recreación
y,
en
menor
medida,
la
renovación
parcial
o
drástica
de
las
claves
impuestas
por
el
prototipo
inicial.
A
esta
dinámica
contribuiría
una
circunstancia
crucial
como
el
desfase
cronológico
e
ideológico
producido
entre
determinados
sectores
de
la
comitencia
y
el
discurrir
de
la
propia
Historia.
De
hecho,
a
la
crisis
y
desaparición
del
Barroco
no
sobrevino
la
de
las
Hermandades
y
Cofradías
que,
con
distintos
altibajos,
lograron
sobrevivir
y,
finalmente,
superar
los
difíciles
avatares
sufridos
desde
finales
del
XVIII.
Con
su
supervivencia
subsistieron
sus
gustos
y,
en
consecuencia,
su
demanda
artística
se
mantuvo
acorde
a
los
principios
barrocos4.
Este
fenómeno
posibilitaría
la
perpetuación
de
la
escultura
procesional
como
actividad
plástica
simultaneada
por
unos
artistas,
cultivada
en
exclusividad
por
otros
y
olvidada
por
muchos,
una
vez
rota
su
unión
ancilar
a
la
mentalidad
y
a
las
circunstancias
histórico-sociales
del
Antiguo
Régimen.
De
hecho
no
fueron
pocos
los
escultores
del
momento
que
manifestaron
una
dualidad
estilística
definida.
En
consecuencia,
manejarían
indistintamente
formas
barrocas
de
tratarse
de
obras
para
las
Cofradías
y
neoclásicas
si
los
encargos
procedían
de
otros
ámbitos
o,
incluso,
de
sectores
eclesiásticos
que
veían
en
el
clasicismo
el
estilo
identificativo
del
“buen
gusto”5.
Otros,
en
cambio,
como
había
sucedido
en
Málaga
con
Fernando
Ortiz
habían
evolucionado
desde
el
barroco
al
clasicismo
por
la
vía
“natural”
que
les
infundía
su
filiación
con
la
Real
Academia
de
Bellas
Artes
de
San
Fernando
y
su
contacto
con
la
línea
italianizante
introducida
por
Giovan
Domenico
Olivieri
en
el
círculo
del
Taller
de
Escultura
del
Palacio
Real6.
El
caso
de
Ortiz
no
es
aplicable
a
Miguel
Márquez,
cuya
Virgen
de
la
Paz
aprehende
la
cita
neoclásica
como
concesión
al
ideal
de
belleza
del
momento.
Para
derivar,
acto
seguido,
en
un
eclecticismo
que
aúna
esas
ansias
de
clasicismo
con
evidentes
secuelas
tardobarrocas
y
cierta
ascendencia
lírica
que
presagia
los
aires
románticos
que
irían
infiltrándose
en
interpretaciones
posteriores
del
tipo.
De
ahí
que
la
obra,
sin
menoscabo
de
su
corrección
técnica,
oscile
entre
la
sobriedad
clasicista
y
la
emotividad
contenida
de
los
mejores
exponentes
iconográficos
seiscentistas
y
dieciochescos,
sin
alcanzar
nunca
las
fronteras
del
pleno
neoclasicismo
y,
con
ello,
la
ruptura
con
los
resortes
persuasivos
inherente
al
género
escultórico
en
el
que
se
encuadra.
La
serie
iconográfica
desarrollada
por
Miguel
Márquez
en
tomo
a
la
temática
de
la
Virgen
Dolorosa
cuenta
con
distintas
inflexiones
que,
a
lo
largo
de
su
carrera,
jalonan
y
determinan
esa
transición
estética
y
emocional
desde
un
Barroco
tardío
de
regusto
academicista
al
neoclasicismo
tamizado
por
el
anclaje
en
la
tradición
vernácula.
En
1796,
el
escultor
firma
la
Virgen
de
la
Soledad
del
convento
de
San
Agustín,
obra
documentada
y
muy
próxima
estilísticamente
a
la
Virgen
de
los
Afligidos
de
la
Colegiata
de
San
Sebastián9.
Una
y
otra
reflejan
el
seguimiento
de
un
esquema
de
estirpe
italianizante
difundido
en
el
área
malagueña
durante
el
XVIII
como
alternativa
a
los
patrones
de
Mena.
La
revalorización
crítica
experimentada
por
la
figura
de
Femando
Ortiz
ha
inducido
a
la
crítica
especialista
a
considerarlo
el
auténtico
difusor
en
Málaga
del
modelo
de
Dolorosa
que
rompe
la
soledad
y
la
intimidad
de
llanto,
para
clamar
al
cielo
por
la
muerte
de
su
Hijo,
con
el
consiguiente
incremento
de
sus
valores
teatrales
y
dramáticos.
A
través
de
grafismos
como
los
ojos
elevados,
las
bocas
entreabiertas,
las
cejas
enarcadas,
las
manos
implorantes
y
los
escorzos
corporales
Ortiz
(y
Márquez
con
las
obras
mencionadas)
entronca
con
toda
una
corriente
estilística
en
la
Andalucía
de
la
Ilustración
que
propugna
un
sentido
patético
a
base
de
gestos
convencionales
y
codificados,
especialmente
grato
a
los
artistas
próximos
o
metidos
de
lleno
en
el
lenguaje
de
las
Academias10.
Avanzado
el
XIX,
Márquez
abandona
esta
moda
y
suscribe
una
moderación
expresiva
que
resuelve
y
reconvierte
los
grafismos
propios
de
su
estilo
hacia
un
reencuentro
con
el
lirismo
y
la
hermosura
que
adquirirán
una
dimensión
paradigmática
en
el
rostro
de
Virgen
de
la
Paz.
El
acierto
de
esta
obra
se
refleja
en
la
circunstancia
de
haber
sido
capaz
de
erigirse
en
modelo
para
otras
esculturas
de
aspecto
e
iconografía
semejantes,
aunque
carentes
de
intensidad
expresiva
y
rayanas
en
el
estereotipo,
como
la
Virgen
de
los
Dolores
(Servitas)
del
Convento
de
Belén,
la
cabeza
mariana
del
grupo
de
la
Quinta
Angustia
del
convento
del
Carmen,
ambas
de
1817,
y
el
busto
de
Dolorosa
ubicado
en
el
ático
del
retablo
de
Santo
Domingo
en
el
templo
del
mismo
nombre.
Al
afán
persuasivo
y
el
complemento
plástico
de
la
policromía
la
Virgen
de
la
Paz
suma
parámetros
neoclásicos,
tan
evidentes
como
el
cuello
cilíndrico
y
grueso,
la
pulcritud
dibujística
de
las
facciones
y
la
depurada
corrección
estilística
que
lleva
a
unificar
la
nariz
y
la
frente
en
una
misma
línea
recta
que
muere
en
las
comisuras
de
los
pequeños
labios.
En
este
sentido,
la
contención
aportada
por
las
manos
entrelazadas
y
el
cerramiento
de
la
boca
refuerza
la
emotividad
del
gesto
de
profunda
amargura
sugerido
por
la
pesada
caída
de
los
párpados
y
la
presencia
de
las
siete
lágrimas
de
cristal
que
se
deslizan
por
el
rostro.
En
su
afán
por
sublimar
e
idealizar
la
interpretación
de
la
Virgen
Dolorosa,
Márquez
trata
de
reducir
al
mínimo
la
prominencia
del
mentón
sin
desvirtuar
el
contorno
perfecto
del
óvalo,
con
vistas
a
revalorizar
la
tersura
de
las
superficies
faciales.
El
modelado
de
los
pómulos,
hoyuelos,
hendiduras
y
surcos
en
tomo
al
área
nasolabial
dulcifica
el
efecto
final
del
conjunto
al
evocar
blanduras
texturales
propias
del
trabajo
del
barro.
La
inclinación
de
la
cabeza
subraya
la
sensación
de
abatimiento
y
fragilidad
que
traduce
en
su
rostro
la
desesperada
resignación
de
su
alma.
Con
ello,
termina
de
configurarse
una nostálgica
visión
de
la
juventud
femenina,
distante
en
su
introversión
anímica
y
plena
de
ensoñación
y
delicadeza,
como
corresponde
a
la
captación
prematura
de
un
romanticismo
verdadero
e
intemporal. NOTAS
1
ESCALANTE
JIMENEZ,
J.:
'El
círculo
escultórico
antequerano
del
siglo
XVI',
Estudios
Antequeranos,
2,1993,
pp.
333-350;
LLORDEN
SIMON,
A.:
'El
escultor
Antonio
del
Castillo,
artífice
del
Triunfo
de
Nuestra
Señora
de
la
Paz',
El
Sol
de
Antequera,
4-VII-1982. 2
MUÑOZ
ROJAS,
J.A.:
'Noticias
de
alarifes
y
escultores
del
siglo
XVIII
en
Antequera',
Gibralfaro,
1,
1951,
pp.
51-55;
LARA
MARTIN
PORTUGUFS,
l.:
'Algunas
notas
biográficas
acerca
del
imaginero
José
de
Medina',
Alto
Guadalquivir,
1990,
pp.
10-12;
LLORDEN
SIMON,
A.:
Escultores
y
entalladores
malagueños
(Ensayo
histórico-documental
de
los
siglos
XVI-XIX),
Real
Monasterio
de
San
Lorenzo
de
El
Escorial,
Ávila,
1960,
pp.
319-321;
'Una
imagen
para
dos
artífices:
José
de
Mora
y
Andrés
de
Carvajal'
Jábega,
17,1977,
pp.
78-83:
'El
escultor
Miguel
Márquez
García',
El
Sol
de
Antequera,
14-
11-1982;
SANCHEZ
LOPFZ,
J.A.:
El
Alma
de
la
madera.
Cinco
siglos
de
iconografía
y
escultura
procesional
en
Málaga,
hermandad
de
Zamarrilla,
Málaga,
1996,
pp.
410-411;
ROMERO
BENITEZ,
J.:
'El
escultor
Diego
Márquez
en
el
Retablo
Mayor
de
la
Iglesia
del
Carmen'
Pregón,
1991,
s/
p. 3
HERRERO,
Mª.
D.
y
LUQUE,
J.
F.:
Pontificia
y
Real
Archicofradía
del
Dulce
Nombre
de
Jesús
y
Nuestra
Señora
de
la
Paz
Coronada.
Historia
y
Patrimonio,
Gráficas
San
Rafael,
Antequera,
1995. 4
SANCHEZ
LOPEZ,
J.A.:
El
Alma
de
la
Madera,
pp.
82-83. 5
SERRERA
CONTRERAS,
J.M.:
'Los
ideales
neoclásicos
y
la
destrucción
del
Barroco,
Ceán
Bermúdez
y
Jerónimo
Balbás,
Archivo
Hispalense,
223,1990,
pp.
135-159.
6
LLORDEN
SIMON,
A.:
'El
insigne
maestro
escultor
Fernando
Ortiz.
Notas
históricas
para
su
estudio
biográfico',
La
Ciudad
de
Dios,
CLXIV,
1953,
pp.
579-602;
'Dos
artífices
malagueños
en
Madrid',
Arte
Español",
XXII,
1958,
p.
3;
Escultores
y
entalladores,
pp.
274-307;
TARRAGA
BALDO,
W
L.:
Giovan
Domenico
Olivieri
y
el
Taller
de
Escultura
del
Palacio
Real,
CSIC,
Madrid,
1992,
pp.
266-281,
647-
654
(vol.
2);
ROMERO
TORRES,
J.L.:
'Fernando
Ortiz:
Aproximación
a
su
problemática
estilística',
Boletín
del
Museo
Diocesano
de
Arte
Sacro,
1-2,
1981,
pp.
147-169;
SANCHEZ
LOPEZ:,
J.A.:
'Fernando
Ortiz:
aires
italianos
para
la
escultura
del
siglo
XVIII
en
Málaga',
Actas
del
XI
Congreso
del
CEHA:
El
Mediterrdneo
y
el
Arte
Español,
Valencia,
1996,
pp.
167-174.
7
CASCALES
AYALA,
M.:
'Notas
eruditas',
Iglesias
de
Antequera,
Antequera,
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